Sonny Rollins, el saxofonista tenor y genio incansable cuyo tono audaz y distintivo y su constante experimentación lo mantuvieron a la vanguardia del jazz durante más de 50 años, falleció ayer a los 95 años.
La portavoz Terri Hinte declaró a la agencia Associated Press que Rollins falleció en su domicilio en Woodstock, Nueva York. No especificó la causa de la muerte, pero indicó que había permanecido prácticamente confinado en su casa durante los últimos dos años debido a diversos problemas de salud.
Desde sus inicios como joven prodigio hasta su trabajo en solitario más mesurado y su experimentación con el free jazz, Rollins fue venerado por su habilidad para la improvisación. Fue uno de los últimos grandes exponentes vivos de la era del bebop y, junto con John Coltrane y Charlie Parker, uno de los saxofonistas más influyentes de su tiempo.
Los aficionados al rock pudieron disfrutar de su música con el álbum de los Rolling Stones de 1981, Tattoo You, que incluye el melancólico solo de saxofón de Rollins en la balada Waiting on a Friend, ideada después de ver bailar a Mick Jagger.
A pesar de su éxito duradero, Rollins nunca estuvo del todo satisfecho con su arte y en ocasiones se tomaba largos descansos de la música y adoptaba constantemente nuevos estilos eclécticos.
Siempre se refería a sí mismo como “un trabajo en progreso”, diciendo que no era de esos artistas que se conforman con una sola forma de tocar.
Si bien sus primeros trabajos de bebop fueron los más populares entre sus seguidores, Rollins nunca miró atrás, afirmando que le resultaba “insoportable” incluso escuchar los fallos de sus grabaciones más antiguas.
“No me considero un músico que haya aprendido todo lo que quiero aprender”, declaró a Associated Press en 2007.























