Antes de hablar —o escribir— sobre el concierto que Christina Aguilera dio la noche del martes 17 de marzo en el Palacio de los Deportes, hay que tomar un respiro; un respiro largo y profundo.
No porque sea necesario un torrente de voz para hablar de una grandeza interpretativa que sólo afloro por instantes, sino por la necesidad de tomar aire y poner en orden las ideas y dar el peso necesario tanto a la decepción como a los puntos que pueden resaltarse de este espectáculo.
El regreso de Christina Aguilera a la CDMX, donde históricamente ha sido recibida con fervor, terminó por convertirse en un ejercicio irregular, sostenido más por la memoria colectiva de sus fans incondicional, que fluctuaban entre los 30 y pasaditos los 40 años, que por lo que realmente ocurrió sobre el escenario.
El concierto, anunciado para las 8:00 de la noche, comenzó pasadas las 9:00. Un retraso que no sorprendió del todo, ya que entre los fans mejor informados circulaba desde horas antes que la cantante aterrizaría en el aeropuerto de Toluca precisamente a las 20:00 horas.
El público, paciente y entregado, sorteó el tráfico y las aglomeraciones características de la capital del país y asumió la espera como parte del ritual. Lo que nadie esperaba era la naturaleza fragmentada del espectáculo; el rompecabezas que entre los asistentes ayudaron a armar con la oferta limitada que puso la cantante.
El setlist del concierto de Christina Aguilera, conformado por 18 temas (que no canciones), funcionó más como una sucesión de esbozos que como interpretaciones completas. Ningono fue ejecutado de principio a fin.
Christina dosificó su presencia, apoyada de manera constante por sus coristas y por pistas pregrabadas que, en más de un momento, dejaron al descubierto un lipsync desfasado, particularmente en los temas en español.
La artista que alguna vez conquistó América Latina con ese repertorio sigue sin dominarlo. No habla el idioma, no recuerda las letras, pero quizá lo que salva este punto es que, con medida maestría, imprimió coloratura y adornos que dieron pie a las ovaciones.
Sin embargo, sería injusto negar lo evidente. Cuando quiso —y pudo—, Christina Aguilera recordó por qué su nombre sigue ocupa un lugar en la historia del pop.
Hubo destellos de virtuosismo. Notas altas sostenidas, vibratos largos, casi rugidos, que durante más de dos décadas han definido su sello. Esos momentos, breves pero contundentes, fueron los únicos en los que el concierto se alineó con la expectativa (con las esperanzas) de escuchar en vivo a una de las grandes voces de su generación.
A diferencia de su presentación en el festival Tecate Emblema 2023, aquí sí hubo evidencia de que la capacidad vocal permanece, aunque la cantante la administra con cautela, tal vez demasiada.
El incidente hacia el final del show —un involuntario “I love you, New Mexico”— evocó inevitablemente a Paulina Rubio y sus célebres deslices geográficos.
Christina Aguilera corrigió después con un “Mexico City”, pero el público, ya entregado a la inercia de la euforia, celebró ambas versiones con la misma indulgencia. Fue un momento revelador: la conexión emocional seguía intacta, incluso cuando la precisión de la intérprete fallaba. Christina estaba en el escenario, pero ¿dónde estuvo su mente en este instante?
En términos de producción, el contraste con las giras contemporáneas es inevitable. En una era dominada por espectáculos de escala monumental como los de Taylor Swift, Shakira, Dua Lipa o Bad Bunny, lo visto en el Palacio de los Deportes resultó inexplicablemente limitado.
Más allá de las pantallas gigantes, la escenografía se componía de una escalinata y estructuras cubiertas con plásticos que sugerían una especie de backstage industrial, por lo que carecía de una narrativa clara. Más que un concepto, parecía un recurso provisional e improvisado (aunque en realidad así es el “concepto”, según muestran imágenes publicadas en sus redes sociales de presentaciones recientes”.























