El Estadio BC Place de Vancouver no tiene la temperatura del Cairo, pero esta noche crujió con la misma intensidad desértica. Hubo un momento, exactamente a los 15 minutos del primer tiempo, en que el silencio de la grada egipcia fue un bloque de hielo. Nueva Zelanda se adelantó por medio de Finn Surman y la zaga de Egipto se miraba entre sí, buscando explicaciones sobre el césped sintético canadiense. Sin embargo, los Faraones sostuvieron sobre sus hombros el peso de no haber conseguido ningún triunfo en las Copas del Mundiales. Cuando el partido amenazaba con convertirse en una nueva frustración, Mohamed Salah facilitó el camino para una remontada por 3-1 que valió la primera gran celebración de su historia.
Salah, capitán de su selección desde hace cinco años, se hizo cargo del destino de su nación. No fue solo técnica, sino carácter. Una electricidad silenciosa que empezó a contagiar a sus compañeros, obligándolos a mirar hacia adelante, a recordar que el Grupo G estaba congelado en un bucle de empates y que alguien tenía que romper la inercia.
El 1-0 de Surman golpeó el ánimo de su equipo. Fue como volver a transitar por el mismo camino que tantas veces los llevó a la eliminación. No es que Nueva Zelanda hiciera un encuentro perfecto, pero aprovechó el nerviosismo inicial de los egipcios para sugerir una posible sorpresa en la segunda fecha de la Copa.
La remontada tuvo la precisión de un reloj, ocurrió en el momento en que mejor jugaban los Faraones. Primero fue Mostafa Ziko, devolviendo el alma al cuerpo de los miles de aficionados que tiñeron el recinto de Vancouver de rojo. Luego, el propio Salah, firmando un gol que lo deja a un solo grito de alcanzar a su entrenador, el mítico Hossam Hassan, en la cima de los goleadores históricos de la selección.
El capitán tiene ahora 68 anotaciones. Y, finalmente, apareció Trézéguet, sellando el 3-1 definitivo con el que transformó la vieja resignación en un delirio colectivo.
Tuvieron que pasar cuatro ediciones mundialistas (Italia 1934, 1990, Rusia 2018 y 2026), en las que Egipto -lugar 28 en el ranking FIFA- acumuló cinco derrotas y tres empates, para que llegara su primer triunfo oficial. Este domingo, los Faraones no sólo remontaron un marcador adverso y se adueñaron del liderato del grupo; sino que también aprendieron, por fin, lo que se siente celebrar cuando el árbitro pita el final. La decepción, por otro lado, fue para los neozelandeses.








